Uno de los hermanos mayores del café
El camino se abre entre montañas verdes y curvas interminables. Dejamos atrás el ruido del pueblo y nos adentramos en la tierra donde el café respira. Santander nos recibe con su aroma a humedad y hojas recién cortadas. Las botas se hunden en la arcilla blanda y el aire huele a promesa.
A un costado del camino, algo llama la atención antes de ver los primeros cafetales: las palmas de plátano. Altas, con hojas anchas que se mueven al ritmo del viento, como guardianas verdes que anuncian la llegada del cultivo. Algunas llevan bolsas azules o blancas, cubriendo los racimos maduros; protección contra la plaga, pero también señal de que la tierra está lista para entregar sus frutos.
Muchos dirían que el plátano es solo un acompañante del café. Pero en este viaje aprendimos que es más que eso. El plátano es su hermano mayor: el que da sombra, el que protege del sol fuerte, el que cuida la humedad del suelo y comparte el espacio sin reclamar protagonismo. Mientras el café crece buscando la luz, el plátano lo cubre con su generosidad silenciosa.
Nos detenemos a observar un cafetal en pendiente. Entre las hileras, los troncos gruesos del plátano marcan el ritmo de la siembra, y las hojas caídas forman una alfombra natural que guarda la humedad. El viento suena distinto ahí, más suave, como si la tierra respirara tranquila.
Montamos de nuevo en el carro, el sol cae sobre el parabrisas y seguimos el recorrido por los caminos de Santander, en busca de esa hermandad vegetal que da vida a nuestro café. Porque cada planta, cada raíz, cada sombra tiene su historia.
En Selva Negra, el café no está solo. Crece acompañado, sostenido por una red viva que lo cuida y lo equilibra. Y así como el yaguarundí guarda los secretos del bosque, el plátano guarda los del cafetal: los del trabajo silencioso, la protección y la vida compartida.
